nuestra filosofía

EH map EguzEl pensamiento único hoy en Euskal Herria tiene nombre y bandera: Euskal Hiria. Bajo este concepto se esconde un proyecto que choca frontalmente no sólo con cualquier planteamiento ecologista sino con la defensa de una Euskal Herria con señas de identidad propias.

El escenario, una gran ciudad interconectada que pone a su servicio y sacrifica el territorio, y su hoja de ruta, la proliferación de todo tipo de infraestructuras asociadas al transporte (TAV, autopista Eibar-Gasteiz, autovía  Transpirenaica, sucesivos cinturones en Donostialdea, los distintos corredores y la Supersur en el Gran Bilbao,…).

El nacionalismo burgués confluye con la concepción tecnocrática acultural del neoliberalismo español en la defensa de un proyecto para Hego Euskal Herria sobre las siguientes bases: la metropolización del territorio, el escrupuloso respeto a la división internacional del trabajo establecida, la desintegración de lo nacional vasco en la región Transaquitana como parte del Eje Atlántico y la instrumentalización de lo endógeno como adaptación de lo local a las necesidades de internacionalización del capital. Lejos de la retórica asociada al conflicto nacional y la reivindicación de la soberanía, la práctica nos enseña que los sucesivos gobiernos regionales del Sur de Euskal Herria (UPN, PNV, EA, CDN, PSOE, IU) defienden respecto del modelo de desarrollo una política común. Podemos afirmar que en estos momentos existe un consenso político básico en torno al modelo de desarrollo y esta situación está afectando de forma muy sensible a la sociedad vasca, a la desvertebración del tejido social, el intento de que cada vez miremos más y participemos menos en nombre de un bienestar creciente para la población, provoca un abandono de lo público que entraña serios peligros. El pueblo vasco es cada vez menos pueblo y más sociedad, sociedad hedonista en proceso de desvertebración. Desde el convencimiento de que estamos asistiendo a los estertores de una forma de relacionarse con el territorio, de interpretarlo, de sentirse como una parte más del ecosistema, en suma, de una forma de vivir, que en sucesivas oleadas (ferrerías, industria naval, revolución industrial, terciarización, metropolización) va dejando su huella indeleble en la tierra y en la consciencia de quienes vivimos en ella, desde Eguzki hacemos una llamada a la reflexión, una invitación a pararnos en el camino y pensar si las fuerzas ciegas de la economía, si las reglas del mercado, si los imperativos de la globalización, nos llevan adonde queremos ir. En un escenario regido por  los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio y la preeminencia de las empresas transnacionales como agentes económicos de primer orden, la competitividad entre territorios toma carta de naturaleza  como generadora de fuertes impactos sociales y ambientales. El incremento imparable de la movilidad motorizada, el consumo insostenible de energía, el alargamiento de nuestra huella ecológica, la urbanización creciente del territorio con sus secuelas de difuminación de las fronteras entre el espacio rural y el urbano, la uniformización cultural o el impacto sobre las identidades locales, son secuelas que es preciso dimensionar en toda su magnitud. El nuevo urbanismo tiene su base en cuantiosas inversiones de capital público gestionadas por empresas mixtas con gestión empresarial del espacio urbano y crisis de las finanzas locales por el incremento de los gastos de funcionamiento de estas áreas metropolitanas. En el fondo es convertir el desarrollo urbano en instrumento que facilite las decisiones del capital internacional a nivel local, poniendo a su disposición infraestructuras de transporte, telecomunicaciones e ingentes cantidades de suelo a precio de saldo. El incremento de la distancia entre el domicilio y el lugar de trabajo, el descenso en el uso de los transportes públicos al disminuir su eficacia en zonas “rururbanas”, la sustitución de la plaza pública como espacio de encuentro por la gran superficie comercial, la aparición de barrios dormitorios, la desaparición de las relaciones de vecindad y la merma del tejido social asociativo o el incremento en el consumo de recursos y en la generación de residuos, son elementos de insostenibilidad inherentes al proceso de metropolización del territorio. El déficit democrático de que adolecen los planes estratégicos, tanto en su génesis, como posteriormente a la hora de la gestión en las áreas metropolitanas, supone un lastre que suele aparecer en forma de fractura social, alejamiento y desinterés por los asuntos públicos e ingobernabilidad. Una política de sostenibilidad urbana y territorial por el contrario, tiene que basarse en la participación de la ciudadanía, evitar la fragmentación urbana, establecer densidades residenciales elevadas y tramas densas que favorezcan un transporte público operativo y equipamientos sociales de proximidad, impulsar la multifuncionalidad de los espacios como elemento dinamizador de vida en la ciudad, implementar políticas de rehabilitación y revitalización de las zonas en declive, discriminación positiva para el tráfico de los transportes públicos mediante la creación de carriles separados, desincentivar el uso del automóvil privado y limitar los aparcamientos. El pensamiento único, la civilización del cuanto más mejor está dispuesta a sacrificar en el altar de la competitividad, el presente más valioso, más escaso e imposible de reproducir: el territorio. Un territorio sentido y vivido, con su historia, sus señas de identidad, su rica biodiversidad natural y cultural, y sus potencialidades endógenas. No la tierra prometida inasible e inabarcable del espacio de los flujos, de la abolición telemática del tiempo, de la selva liberal disfrazada de determinismo economicista. Convertir el hábitat en un territorio de oportunidades, es edificar un solar para las aves de rapiña, un enorme mausoleo de la vida donde sólo florecen los especuladores, los políticos oportunistas y los urbanistas de fortuna. La era de la globalización, de la mundialización financiera, acelera procesos que hasta ahora estaban latentes, como las nuevas formas de creación y acumulación de valor mediante la apropiación para el capital de las condiciones de producción hasta ahora fuera de su lógica, la importancia creciente de políticas de geoestrategia con la creación de redes de ciudades o la aparición de un nuevo tótem ante el que todo se justifica, la desfocalización, que obliga  a hacer competitivo el territorio. El mensaje es unidireccional, es necesaria una nueva era de crecimiento para acabar con la crisis económica, con el paro, con la miseria,… es necesario que todos asumamos el «cuanto más mejor», que el crecimiento no tiene límites y que el problema no está en qué se produce y cómo se reparte, que asumamos como propio el discurso obsesivo, obstinado y tiránico del que no sabe decir otra cosa que: «Más, más grande, más rápido». Así adquiere una especial relevancia todo lo relacionado con el consumo y los nuevos modos de vida. En las actuales circunstancias, el crecimiento de la producción tiene como reverso visible un crecimiento mayor de las destrucciones que causa, su costo es superior a las ventajas que de él se obtienen. El nivel de consumo está destruyendo la calidad de vida, vivimos peor consumiendo más mientras otros no pueden llegar ni al mínimo, la paradoja del crecimiento es que engendra más escasez de la que atenúa. Además, el mundo imperialista ha engendrado un modo de vida que jamás podría ser extendido a la totalidad del planeta. La prueba de que «nuestro» modo de vida, diseñado para una minoría privilegiada, no es generalizable, es que entra en crisis desde el momento en que es pretendido por nuevos recién llegados, con su corolario de racismo y xenofobia en las sociedades occidentales. No hay recursos minerales suficientes, como para que todo el mundo pueda adoptar nuestra forma depredadora de producir y consumir. A los «drogadictos del crecimiento» que están dispuestos a pagar más caro por disfrutar menos, debemos decirles y demostrarles en la práctica, que el único medio de vivir mejor, es producir menos, consumir menos, trabajar menos y trabajar todos, vivir de otra forma más responsable, más autogestionada, más consciente. Hay que cambiar lo que se produce, la forma de producirlo, la definición de las necesidades, la forma de satisfacerlas, en resumen, el modo de producción y el modo de vida. El crecimiento ha sido elevado a la categoría de mito, es bueno en sí mismo, y por tanto una categoría no susceptible de someter al cedazo de la crítica, tiene que ser un valor absoluto sobre el que cimentar la extensión de las relaciones mercantiles a todos los dominios de la vida y tiene que tener un valor contable para poder ser sometido al control de los monopolios industriales y bancarios. Se ha construido una civilización de la pobreza en medio del despilfarro, la civilización del usar y tirar, de tal forma que la prosperidad  descansa en la transformación de montañas de mercancías de mala calidad, en montañas de desperdicios. En un país pobre en materias primas y dependiente energéticamente como Euskal Herria, debemos hacer de la necesidad virtud y demostrar que es posible «hacer más con menos», que es posible y urgente crear para todo el mundo más felicidad con menos opulencia. Cuando desde Eguzki nos enfrentamos a los puertos deportivos, a los campos de golf  o a la ocupación de nuestro escaso espacio rural por urbanizaciones dispersas, no sólo estamos defendiendo la naturaleza, también nos estamos oponiendo a la extensión de la propiedad privada a lo que nos es esencial, el agua, la tierra. En la actual situación de nuestro pueblo estamos luchando por poner freno a un proceso de capitalización progresiva del espacio, que caso de seguir al mismo ritmo, va a imposibilitar materialmente cualquier proyecto alternativo de futuro que se asiente sobre criterios de justicia social y equilibrio ecológico.

Lucha ideológica

Durante años la fuente principal de información ambiental para la sociedad vasca ha sido el movimiento ecologista vasco, hoy la situación ha cambiado radicalmente con la multiplicación de las fuentes emisoras. Instituciones, empresas y medios de comunicación han decidido entrar al campo de la ecología diseñando una auténtica campaña mediática que busca, y en buena parte está logrando, la banalización del mensaje ecologista, y lejos de reconocer su responsabilidad en la crisis social y ecológica, generan medios de propaganda y cultura antiecológica mediante el «marketing verde«. Frente al discurso vacío y envenenado del desarrollo sostenible, la labor de lucha ideológica, como un frente más de la lucha ecologista, se hace acuciante a la hora de elaborar un lenguaje propio en una dirección emancipadora. Desde la perspectiva del ecologismo social, el discurso liberal del «desarrollo sostenible« no pretende la sustentabilidad de la naturaleza sino la del capital, siendo necesario articular estrategias productivas alternativas que se enfrenten a la redefinición de la naturaleza buscada por el capital ecológico y los discursos eco y neo-liberales. Se resalta un cambio en el modo de operación, el capitalismo se reestructura cada vez más a expensas de las llamadas «condiciones de producción«. Una condición de producción se define como cualquier elemento que es tratado como una mercancía aunque no se produzca como tal (es decir, aunque no sea producido de acuerdo a la ley del valor y del mercado). La fuerza del trabajo, la naturaleza, el espacio urbano, etc. son condiciones de producción en este sentido. Por tanto el proceso actual puede ser visto como una capitalización progresiva de las condiciones de producción. Al degradar y destruir sus propias condiciones de producción (la lluvia ácida, la salinización de las aguas, la congestión y contaminación, los suelos envenenados por el lindano,… todo lo cual redunda en costos para el capital), se tiene que encarar este hecho para mantener los niveles de ganancia. Esto se hace, entre otras medidas, con el aceleramiento del cambio tecnológico, el abaratamiento de las materias primas, y mayor disciplina y menores salarios para la fuerza de trabajo. Estas maniobras requieren cada vez mayor cooperación e intervención de la administración pública, haciendo más visible la naturaleza social y política de los procesos de producción; al hacerse más visible el contenido social de políticas aparentemente neutras y benignas. Los movimientos populares tienen que enfrentarse simultáneamente con la destrucción de la biodiversidad, el cuerpo, el espacio, la naturaleza y la reestructuración de estas condiciones inducida por la crisis ecológica creada por el capital mismo. El capital está adquiriendo una nueva modalidad en lo que podemos denominar la «fase ecológica«. Ya la naturaleza no es vista como una realidad externa a ser explotada por cualquier medio, ahora la naturaleza es vista como una fuente de valor en sí misma. La dinámica primaria del capital cambia de forma, de la acumulación y crecimiento en base a una realidad externa, a la conservación y autogestión de un sistema de naturaleza capitalizada cerrada sobre sí misma. Este nuevo proceso de capitalización de la naturaleza conlleva que aspectos antes no capitalizados, se convertirán ahora en internos al capital. En el discurso de la biodiversidad la naturaleza es vista no tanto como materia prima a ser usada en otros procesos, sino como reserva de valor en sí misma; este valor por supuesto, debe ser liberado para el capital por medio del conocimiento científico y la biotecnología. El hecho de que todo, hasta los genes mismos, cae bajo la dictadura del código de la producción, de la visión económica y la ley del valor. Frente a la espada de Damocles en que se ha convertido la legalidad ambiental para la defensa de la naturaleza, desde el movimiento ecologista debemos oponer la fuerza de la legitimidad, frente al discurso lineal y reduccionista de la democracia delegada cuatrianual, debemos reivindicar los ciclos naturales y la necesidad de un plus de legitimidad para abordar actuaciones que suponen cambios irreversibles del hábitat. La crisis ecológica pone de manifiesto la necesidad de conexión temporal con las generaciones pasadas y futuras, el respeto por lo heredado y lo venidero trae de la mano la limitación de la capacidad de decidir a cada generación concreta. Euskal Herria como etnonación no puede ser sólo presente, también es pasado y futuro, de ahí que la presunta contradicción entre la demanda ecologista de profundización democrática y la necesidad de hacer presentes los intereses de las generaciones futuras, se solventa a través de la consecución de un pacto social por la naturaleza del que emerge una nueva fuente de legitimidad, más allá de las exiguas mayorías parlamentarias forjadas en el mercadeo de poltronas. Desde el movimiento ecologista, para abrir el frente de la lucha ideológica con alguna garantía, debemos dotarnos de un mensaje claro, contundente y lo más unitario posible; un mensaje que vaya a la raíz de los problemas ambientales, a sus causas, y no se quede sólo en analizar las soluciones de «final de tubería». No podemos quedarnos en falsos debates que no van más allá de la epidermis de los problemas, hay que huir de espejismos y divertimentos «gaurko ogia biharko gosia», para plantear el debate en el único escenario donde pueden encontrarse soluciones En este camino vemos como una necesidad acuciante dotarnos de medios de expresión propios, máxime con la vergonzosa actuación de los medios de información públicos y la pleitesía que rinden la inmensa mayoría de los privados a los intereses de su accionariado; redes de información (y de contrainformación) ágiles, nudos de interrelación asentados, foros de debate abiertos por eskualdes, todo ello sin olvidar la pancarta y el activismo de calle. Frente al discurso de la sostenibilidad que se ha relevado como una auténtica cortina de humo donde lo que verdaderamente se persigue es hacer sostenible lo insoportable, es necesario reivindicar la importancia estratégica de la lucha ecologista y la potencialidad de un gran pacto social por la naturaleza como elemento aglutinador y legitimador de estrategias que posibiliten crear las condiciones sociales que hagan posible la recuperación del hábitat vasco.

Diagnóstico

El pensamiento único hoy en Euskal Herria tiene nombre y bandera: Euskal Hiria. Bajo este concepto se esconde un proyecto que choca frontalmente no sólo con cualquier planteamiento ecologista sino con la defensa de una Euskal Herria con señas de identidad propias. El escenario, una gran ciudad interconectada que pone a su servicio y sacrifica el territorio, y su hoja de ruta, la proliferación de todo tipo de infraestructuras asociadas al transporte (TAV, autopista Eibar-Gasteiz, autovía  Transpirenaica, sucesivos cinturones en Donostialdea, los distintos corredores y la Supersur en el Gran Bilbao,…). El nacionalismo burgués confluye con la concepción tecnocrática acultural del neoliberalismo español en la defensa de un proyecto para Hego Euskal Herria sobre las siguientes bases: la metropolización del territorio, el escrupuloso respeto a la división internacional del trabajo establecida, la desintegración de lo nacional vasco en la región Transaquitana como parte del Eje Atlántico y la instrumentalización de lo endógeno como adaptación de lo local a las necesidades de internacionalización del capital. Lejos de la retórica asociada al conflicto nacional y la reivindicación de la soberanía, la práctica nos enseña que los sucesivos gobiernos regionales del Sur de Euskal Herria (UPN, PNV, EA, CDN, PSOE, IU) defienden respecto del modelo de desarrollo una política común. Podemos afirmar que en estos momentos existe un consenso político básico en torno al modelo de desarrollo y esta situación está afectando de forma muy sensible a la sociedad vasca, a la desvertebración del tejido social, el intento de que cada vez miremos más y participemos menos en nombre de un bienestar creciente para la población, provoca un abandono de lo público que entraña serios peligros. El pueblo vasco es cada vez menos pueblo y más sociedad, sociedad hedonista en proceso de desvertebración. Desde el convencimiento de que estamos asistiendo a los estertores de una forma de relacionarse con el territorio, de interpretarlo, de sentirse como una parte más del ecosistema, en suma, de una forma de vivir, que en sucesivas oleadas (ferrerías, industria naval, revolución industrial, terciarización, metropolización) va dejando su huella indeleble en la tierra y en la consciencia de quienes vivimos en ella, desde Eguzki hacemos una llamada a la reflexión, una invitación a pararnos en el camino y pensar si las fuerzas ciegas de la economía, si las reglas del mercado, si los imperativos de la globalización, nos llevan adonde queremos ir. En un escenario regido por  los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio y la preeminencia de las empresas transnacionales como agentes económicos de primer orden, la competitividad entre territorios toma carta de naturaleza  como generadora de fuertes impactos sociales y ambientales. El incremento imparable de la movilidad motorizada, el consumo insostenible de energía, el alargamiento de nuestra huella ecológica, la urbanización creciente del territorio con sus secuelas de difuminación de las fronteras entre el espacio rural y el urbano, la uniformización cultural o el impacto sobre las identidades locales, son secuelas que es preciso dimensionar en toda su magnitud. El nuevo urbanismo tiene su base en cuantiosas inversiones de capital público gestionadas por empresas mixtas con gestión empresarial del espacio urbano y crisis de las finanzas locales por el incremento de los gastos de funcionamiento de estas áreas metropolitanas. En el fondo es convertir el desarrollo urbano en instrumento que facilite las decisiones del capital internacional a nivel local, poniendo a su disposición infraestructuras de transporte, telecomunicaciones e ingentes cantidades de suelo a precio de saldo. El incremento de la distancia entre el domicilio y el lugar de trabajo, el descenso en el uso de los transportes públicos al disminuir su eficacia en zonas “rururbanas”, la sustitución de la plaza pública como espacio de encuentro por la gran superficie comercial, la aparición de barrios dormitorios, la desaparición de las relaciones de vecindad y la merma del tejido social asociativo o el incremento en el consumo de recursos y en la generación de residuos, son elementos de insostenibilidad inherentes al proceso de metropolización del territorio. El déficit democrático de que adolecen los planes estratégicos, tanto en su génesis, como posteriormente a la hora de la gestión en las áreas metropolitanas, supone un lastre que suele aparecer en forma de fractura social, alejamiento y desinterés por los asuntos públicos e ingobernabilidad. Una política de sostenibilidad urbana y territorial por el contrario, tiene que basarse en la participación de la ciudadanía, evitar la fragmentación urbana, establecer densidades residenciales elevadas y tramas densas que favorezcan un transporte público operativo y equipamientos sociales de proximidad, impulsar la multifuncionalidad de los espacios como elemento dinamizador de vida en la ciudad, implementar políticas de rehabilitación y revitalización de las zonas en declive, discriminación positiva para el tráfico de los transportes públicos mediante la creación de carriles separados, desincentivar el uso del automóvil privado y limitar los aparcamientos. El pensamiento único, la civilización del cuanto más mejor está dispuesta a sacrificar en el altar de la competitividad, el presente más valioso, más escaso e imposible de reproducir: el territorio. Un territorio sentido y vivido, con su historia, sus señas de identidad, su rica biodiversidad natural y cultural, y sus potencialidades endógenas. No la tierra prometida inasible e inabarcable del espacio de los flujos, de la abolición telemática del tiempo, de la selva liberal disfrazada de determinismo economicista. Convertir el hábitat en un territorio de oportunidades, es edificar un solar para las aves de rapiña, un enorme mausoleo de la vida donde sólo florecen los especuladores, los políticos oportunistas y los urbanistas de fortuna. La era de la globalización, de la mundialización financiera, acelera procesos que hasta ahora estaban latentes, como las nuevas formas de creación y acumulación de valor mediante la apropiación para el capital de las condiciones de producción hasta ahora fuera de su lógica, la importancia creciente de políticas de geoestrategia con la creación de redes de ciudades o la aparición de un nuevo tótem ante el que todo se justifica, la desfocalización, que obliga  a hacer competitivo el territorio. El mensaje es unidireccional, es necesaria una nueva era de crecimiento para acabar con la crisis económica, con el paro, con la miseria,… es necesario que todos asumamos el «cuanto más mejor», que el crecimiento no tiene límites y que el problema no está en qué se produce y cómo se reparte, que asumamos como propio el discurso obsesivo, obstinado y tiránico del que no sabe decir otra cosa que: «Más, más grande, más rápido». Así adquiere una especial relevancia todo lo relacionado con el consumo y los nuevos modos de vida. En las actuales circunstancias, el crecimiento de la producción tiene como reverso visible un crecimiento mayor de las destrucciones que causa, su costo es superior a las ventajas que de él se obtienen. El nivel de consumo está destruyendo la calidad de vida, vivimos peor consumiendo más mientras otros no pueden llegar ni al mínimo, la paradoja del crecimiento es que engendra más escasez de la que atenúa. Además, el mundo imperialista ha engendrado un modo de vida que jamás podría ser extendido a la totalidad del planeta. La prueba de que «nuestro» modo de vida, diseñado para una minoría privilegiada, no es generalizable, es que entra en crisis desde el momento en que es pretendido por nuevos recién llegados, con su corolario de racismo y xenofobia en las sociedades occidentales. No hay recursos minerales suficientes, como para que todo el mundo pueda adoptar nuestra forma depredadora de producir y consumir. A los «drogadictos del crecimiento» que están dispuestos a pagar más caro por disfrutar menos, debemos decirles y demostrarles en la práctica, que el único medio de vivir mejor, es producir menos, consumir menos, trabajar menos y trabajar todos, vivir de otra forma más responsable, más autogestionada, más consciente. Hay que cambiar lo que se produce, la forma de producirlo, la definición de las necesidades, la forma de satisfacerlas, en resumen, el modo de producción y el modo de vida. El crecimiento ha sido elevado a la categoría de mito, es bueno en sí mismo, y por tanto una categoría no susceptible de someter al cedazo de la crítica, tiene que ser un valor absoluto sobre el que cimentar la extensión de las relaciones mercantiles a todos los dominios de la vida y tiene que tener un valor contable para poder ser sometido al control de los monopolios industriales y bancarios. Se ha construido una civilización de la pobreza en medio del despilfarro, la civilización del usar y tirar, de tal forma que la prosperidad  descansa en la transformación de montañas de mercancías de mala calidad, en montañas de desperdicios. En un país pobre en materias primas y dependiente energéticamente como Euskal Herria, debemos hacer de la necesidad virtud y demostrar que es posible «hacer más con menos», que es posible y urgente crear para todo el mundo más felicidad con menos opulencia. Cuando desde Eguzki nos enfrentamos a los puertos deportivos, a los campos de golf  o a la ocupación de nuestro escaso espacio rural por urbanizaciones dispersas, no sólo estamos defendiendo la naturaleza, también nos estamos oponiendo a la extensión de la propiedad privada a lo que nos es esencial, el agua, la tierra. En la actual situación de nuestro pueblo estamos luchando por poner freno a un proceso de capitalización progresiva del espacio, que caso de seguir al mismo ritmo, va a imposibilitar materialmente cualquier proyecto alternativo de futuro que se asiente sobre criterios de justicia social y equilibrio ecológico.

Lucha ideológica

Durante años la fuente principal de información ambiental para la sociedad vasca ha sido el movimiento ecologista vasco, hoy la situación ha cambiado radicalmente con la multiplicación de las fuentes emisoras. Instituciones, empresas y medios de comunicación han decidido entrar al campo de la ecología diseñando una auténtica campaña mediática que busca, y en buena parte está logrando, la banalización del mensaje ecologista, y lejos de reconocer su responsabilidad en la crisis social y ecológica, generan medios de propaganda y cultura antiecológica mediante el «marketing verde«. Frente al discurso vacío y envenenado del desarrollo sostenible, la labor de lucha ideológica, como un frente más de la lucha ecologista, se hace acuciante a la hora de elaborar un lenguaje propio en una dirección emancipadora. Desde la perspectiva del ecologismo social, el discurso liberal del «desarrollo sostenible« no pretende la sustentabilidad de la naturaleza sino la del capital, siendo necesario articular estrategias productivas alternativas que se enfrenten a la redefinición de la naturaleza buscada por el capital ecológico y los discursos eco y neo-liberales. Se resalta un cambio en el modo de operación, el capitalismo se reestructura cada vez más a expensas de las llamadas «condiciones de producción«. Una condición de producción se define como cualquier elemento que es tratado como una mercancía aunque no se produzca como tal (es decir, aunque no sea producido de acuerdo a la ley del valor y del mercado). La fuerza del trabajo, la naturaleza, el espacio urbano, etc. son condiciones de producción en este sentido. Por tanto el proceso actual puede ser visto como una capitalización progresiva de las condiciones de producción. Al degradar y destruir sus propias condiciones de producción (la lluvia ácida, la salinización de las aguas, la congestión y contaminación, los suelos envenenados por el lindano,… todo lo cual redunda en costos para el capital), se tiene que encarar este hecho para mantener los niveles de ganancia. Esto se hace, entre otras medidas, con el aceleramiento del cambio tecnológico, el abaratamiento de las materias primas, y mayor disciplina y menores salarios para la fuerza de trabajo. Estas maniobras requieren cada vez mayor cooperación e intervención de la administración pública, haciendo más visible la naturaleza social y política de los procesos de producción; al hacerse más visible el contenido social de políticas aparentemente neutras y benignas. Los movimientos populares tienen que enfrentarse simultáneamente con la destrucción de la biodiversidad, el cuerpo, el espacio, la naturaleza y la reestructuración de estas condiciones inducida por la crisis ecológica creada por el capital mismo. El capital está adquiriendo una nueva modalidad en lo que podemos denominar la «fase ecológica«. Ya la naturaleza no es vista como una realidad externa a ser explotada por cualquier medio, ahora la naturaleza es vista como una fuente de valor en sí misma. La dinámica primaria del capital cambia de forma, de la acumulación y crecimiento en base a una realidad externa, a la conservación y autogestión de un sistema de naturaleza capitalizada cerrada sobre sí misma. Este nuevo proceso de capitalización de la naturaleza conlleva que aspectos antes no capitalizados, se convertirán ahora en internos al capital. En el discurso de la biodiversidad la naturaleza es vista no tanto como materia prima a ser usada en otros procesos, sino como reserva de valor en sí misma; este valor por supuesto, debe ser liberado para el capital por medio del conocimiento científico y la biotecnología. El hecho de que todo, hasta los genes mismos, cae bajo la dictadura del código de la producción, de la visión económica y la ley del valor. Frente a la espada de Damocles en que se ha convertido la legalidad ambiental para la defensa de la naturaleza, desde el movimiento ecologista debemos oponer la fuerza de la legitimidad, frente al discurso lineal y reduccionista de la democracia delegada cuatrianual, debemos reivindicar los ciclos naturales y la necesidad de un plus de legitimidad para abordar actuaciones que suponen cambios irreversibles del hábitat. La crisis ecológica pone de manifiesto la necesidad de conexión temporal con las generaciones pasadas y futuras, el respeto por lo heredado y lo venidero trae de la mano la limitación de la capacidad de decidir a cada generación concreta. Euskal Herria como etnonación no puede ser sólo presente, también es pasado y futuro, de ahí que la presunta contradicción entre la demanda ecologista de profundización democrática y la necesidad de hacer presentes los intereses de las generaciones futuras, se solventa a través de la consecución de un pacto social por la naturaleza del que emerge una nueva fuente de legitimidad, más allá de las exiguas mayorías parlamentarias forjadas en el mercadeo de poltronas. Desde el movimiento ecologista, para abrir el frente de la lucha ideológica con alguna garantía, debemos dotarnos de un mensaje claro, contundente y lo más unitario posible; un mensaje que vaya a la raíz de los problemas ambientales, a sus causas, y no se quede sólo en analizar las soluciones de «final de tubería». No podemos quedarnos en falsos debates que no van más allá de la epidermis de los problemas, hay que huir de espejismos y divertimentos «gaurko ogia biharko gosia», para plantear el debate en el único escenario donde pueden encontrarse soluciones En este camino vemos como una necesidad acuciante dotarnos de medios de expresión propios, máxime con la vergonzosa actuación de los medios de información públicos y la pleitesía que rinden la inmensa mayoría de los privados a los intereses de su accionariado; redes de información (y de contrainformación) ágiles, nudos de interrelación asentados, foros de debate abiertos por eskualdes, todo ello sin olvidar la pancarta y el activismo de calle. Frente al discurso de la sostenibilidad que se ha relevado como una auténtica cortina de humo donde lo que verdaderamente se persigue es hacer sostenible lo insoportable, es necesario reivindicar la importancia estratégica de la lucha ecologista y la potencialidad de un gran pacto social por la naturaleza como elemento aglutinador y legitimador de estrategias que posibiliten crear las condiciones sociales que hagan posible la recuperación del hábitat vasco.